Luz en un mundo de oscuridad – por Marta McGlade

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Un domingo, en medio de los preparativos para la catequesis, unos padres de familia se acercaron y compartieron conmigo lo difícil que era llevar a sus hijos a la catequesis. Preguntaron: “¿Cómo podemos animarlos?”.

Cuando el doctor confirmó que esperábamos nuestro primer hijo, no solamente me instruyó acerca de cómo cuidar mi cuerpo durante el embarazo comiendo sanamente y tomando vitaminas, sino que también nos dijo que estábamos aceptando la labor más difícil que existe: criar seres humanos con buenos valores, firmes en su fe y conscientes de que fueron creados para glorificar a Dios. ¡No miento al decir que sentí ansiedad de poder llevar adelante tal misión!

No somos de ninguna manera una familia perfecta ya que entre mi esposo y yo y nuestros 3 hijos hemos vivido enojos, desacuerdos, llantos, etc. Pero nunca ha dejado de existir entre nosotros la comunicación y la oración. En una sociedad que nos incita a que vivamos para darnos todo el placer que podamos y que nada es pecado si te hace sentir bien; en un mundo en que dos personas se casan con la idea de que si la unión no funciona entonces existe el divorcio; tengo completa seguridad en que las raíces de fe y buenos valores están bien sembradas en nuestros hijos. Cuando una de nuestras hijas tenía 7 años llegó a casa muy triste pues su mejor amiga le había hablado del divorcio de sus padres. Dialogamos y oramos por su amiga. Durante la cena mi hija nos presentó un documento hecho con su puño y letra para que lo firmáramos asegurándole que jamás nos íbamos a divorciar. Aun a su tierna edad ella sabía lo que era un compromiso y nuestra firma selló en su mente el amor que existía entre sus padres.

Una universidad local hizo una encuesta y encontró que el 87% de los estudiantes prefieren vivir en unión libre y no procrear hijos. Gran parte de esta generación milenaria se crió delante de un televisor, juegos de video o pasando horas en frente de una computadora y por eso tal vez desconocen la belleza de interactuar en familia. Mis hijos no son perfectos pero respetan la dignidad de otros y desean tener hijos para darles la felicidad que ellos vivieron de niños y aunque son jóvenes adultos nos piden oración cuando tienen un dilema o necesitan tomar una decisión importante. Ser una familia con Cristo en el centro crea moralidad y conciencia. Martin Luther King Jr. una vez dijo: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad: sólo la luz puede hacer eso”. Cristo es la luz que quiere brillar en nuestras familias y solamente debemos renovar nuestra alianza con Él.

Marta McGlade nació en Nueva York pero vive en el estado de Georgia con su esposo y sus hijos. Por 13 años dirigió la formación de fe para la comunidad hispana en su parroquia. Al momento se dedica a dar charlas y retiros tanto en inglés como en español.

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Eslabones de una cadena – by JoEmma Ureña

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Un domingo, en medio de los preparativos para la catequesis, unos padres de familia se acercaron y compartieron conmigo lo difícil que era llevar a sus hijos a la catequesis. Preguntaron: “¿Cómo podemos animarlos?”.

Cuánto nos ama Dios que nos ha regalado el privilegio de participar en la misión salvífica del mundo, y nos ha hecho co-creadores en la historia de la humanidad. Nos ha dado la posibilidad de crear el futuro. Y es “porque Dios nos amó primero que nosotros podemos amar”, (1 Jn 4,19) y es porque Él nos dio la vida, que vida podemos dar.

Un ejemplo de este amor ha sido el reflejo del amor de Dios en el matrimonio de mis padres. Desde mis primeros recuerdos el centro de nuestro hogar siempre fue Dios. Mis padres, a pesar de los “sube y bajas” de la vida, se mantuvieron firmes en la fe, el amor, y la confianza en Dios. Cada momento de alegría o tristeza, aprovecharon para enseñarnos a mí y a mis hermanos que Dios está con nosotros y Cristo es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Cada noche rezaban con nosotros y cada semana teníamos una reunión familiar para orar y reflexionar acerca de las decisiones tomadas a diario, donde muchas veces fallábamos en ser cristianos; como cuando nos peleábamos, o a veces éramos envidiosos o perezosos, o simplemente desobedientes. La respuesta de mis padres a nuestras faltas siempre fue de una disciplina enraizada en el amor, la paciencia y el perdón incondicional. En mis papás, logré ver el significado de la libertad y de la dignidad humana ya que siempre me inculcaron que la libertad viene con responsabilidad y que cada hijo de Dios debe ser tratado con la dignidad que Dios nos regala desde la concepción. Mis padres sembraron la fe en mí y en mis hermanos, y hoy, gracias a su “sí” al Señor podemos ver los frutos en nuestro propio caminar y en que hemos encontrado nuestra vocación al matrimonio.

En un mundo que nos vende una libertad falsa donde la dignidad del ser humano es despreciada, es importante que al igual que mis padres, hagamos nuestra parte en la misión salvífica del mundo. En especial, para aquellos que estén en contacto con los niños es esencial que tengan presente en cada momento lo que nos pide Jesús, “dejen que los niños vengan a mí” (Mt 19,14). Respondiendo al llamado de Dios, necesitamos estar bien formados e instruidos en nuestra fe, pero sobre todo reflejar lo que predicamos. De esa manera podremos nutrir el “eslabón” de la cadena de la fe que son nuestros hijos que después serán padres, abuelos etc. También, necesitamos estar actualizados en los cambios tecnológicos y los medios sociales para educar a nuestros hijos en cómo usarlos. Como nos dice Gaudium et spes “los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador… Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia”.

Artista y cantautora Católica, JoEmma desde pequeña manifestó su amor por Dios, la música y el canto. Actualmente, JoEmma sirve como coordinadora del ministerio de jóvenes y jóvenes adultos en la parroquia de San Gregorio Magno en la Arquidiócesis de Miami.

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Crea el futuro: siembra lo que quieras cosechar – Héctor Obregón-Luna

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Un domingo, en medio de los preparativos para la catequesis, unos padres de familia se acercaron y compartieron conmigo lo difícil que era llevar a sus hijos a la catequesis. Preguntaron: “¿Cómo podemos animarlos?”.

Por ser catequista y educador estoy atento a los detalles. En una de mis observaciones me di cuenta que frecuentemente los niños vestían atuendos deportivos de Chivas, las Águilas, los CUBS, los Blackhawks, etc. En uno de los retiros que tuve con los padres abordé este tema y les pregunté: ¿Cómo desarrollan los niños afinidad por los equipos deportivos? Unánimemente los padres respondieron: “Nosotros somos los que sembramos el ardor deportivo en nuestros hijos”. Insistí, ¿cómo consiguen que se inclinen por sus equipos favoritos? Ellos añadieron, “cuando nuestro equipo juega, todos nos reunimos, hacemos una convivencia y alentamos a nuestro equipo sin importar si van perdiendo o ganando”. Yo exclamé: ¡BOOM! y todos quedaron atónitos y en sus rostros se leía una pregunta: ¿Qué dijimos? Yo les dije, ESO, ustedes tienen la respuesta y saben exactamente como motivarlos no solamente para que asistan a la catequesis; sino, para que también desarrollen el ardor por el sacramento para el cual se preparan. Continué y les pregunté: ¿con qué frecuencia ustedes rezan, leen la Biblia, hablan de Dios o asisten a misa? Muchos respondieron: “Gracias por hacer que la asistencia a misa sea obligatoria porque de otro modo, casi nunca asistiríamos”. Yo afirmé, así es. ¿Cómo podemos pedir a los niños que participen en eventos y ritos que no son parte de nuestras vidas? Está psicológicamente comprobado que exigir a un niño que sea parte de una rutina de la cual los padres no participan podría resultar contraproducente y hasta traumatizante. Muchos se rebelan y se meten en conflictos inacabables con sus padres. Esto era y continúa siendo una realidad en nuestras comunidades y programas de catequesis.

San Juan Pablo II, en su Carta a las Familias, afirma: “Los padres son los primeros y principales educadores de sus propios hijos, y en este campo tienen incluso una competencia fundamental: son educadores por ser padres. Comparten su misión educativa con otras personas e instituciones, como la Iglesia y el Estado”. En este espíritu, el sentido fundamental del matrimonio es el de ser fértil y recibir con algarabía la vida nueva. Los principios y valores de la vida que los padres comparten el uno con el otro y transmiten a sus hijos dan forma al futuro. No podemos esperar un futuro fructífero si no hemos sembrado nada bueno en el presente. Los campesinos tienen bien clara esta visión, ellos no esperan cosechar donde no han sembrado. Si compartimos con nuestros hijos con ardor la belleza, riqueza y profundidad de la Eucaristía, dentro de nuestra iglesia doméstica, nuestros hijos también desarrollarán un acercamiento y sentido a los principios y valores de la Iglesia.

Héctor Obregón-Luna vive en el estado de Illinois y se ha desempeñado como educador religioso y en la pastoral juvenil por muchos años.

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