Optar por la vida – por Dra. Fanny Cepeda Pedraza

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Recuerdo una ocasión en que las palabras de alguien me inyectaron la fuerza que necesitaba para seguir viviendo; otra vez, al abrazarme solidariamente un amigo sentí que Cristo me animaba y consolaba. En otra ocasión recibí el agradecimiento de alguien que se inspiró en mí para cambiar el curso de su vida. A mi mente vino también la sonrisa de un desconocido cuyo gesto iluminó una dolorosa oscuridad que me invadía haciendo mi día rico y productivo. También recordé cuando al compartir con mi padre la carrera que deseaba seguir me respondió despectivamente enfatizando las probabilidades de fracaso de esa ocupación. Al escucharlo sentí que algo en mi moría. Concluí que muchas veces, quizá más irreflexivamente que intencionalmente, sembramos vida o damos muerte..

Recordemos ocasiones en que con nuestras palabras, actitudes o acciones hemos aplastado autoestimas, hemos hecho miserable la vida de aquellos con quienes convivimos o tratamos; en que por egoísmo hemos fragmentado nuestra familia al imponer sin consideración nuestra voluntad o por la irresponsabilidad de nuestros deberes. ¡Cuántas veces hemos ignorado a alguien necesitado de apoyo y afirmación, o que añoraba una caricia o validación de sus sentimientos y aspiraciones; ocasiones en que nos hemos hecho sordos a voces que claman por justicia y paz!

Fuimos creados por amor y para amar. Es nuestra misión en la vida. Al aceptarla adoptamos nuevas perspectivas y responsabilidades comenzando en el seno familiar pero extendiéndose a muchas otras áreas. Optar por la vida es convertirnos en instrumentos de Cristo, ser sus brazos, pies y oídos en este mundo; es ser ‘la sal de la tierra’, es dejar que su luz brille a través de nuestras acciones. Es amar como él amó.

Nuestra comunión con Dios mediante la oración y la práctica de la caridad riegan y mantienen fértil nuestro terreno para producir semillas que perpetúen una cosecha de vida. La ausencia de ellas gradualmente lo seca y lo hace improductivo. El Papa Francisco dice que “Lo que la Iglesia necesita con urgencia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones… Como un hospital de campaña tras una batalla”. Cumplamos nuestra misión, curemos las heridas; descartemos el egoísmo y el propio interés. Empleemos nuestros esfuerzos en sembrar vida atendiendo a quienes sufren o están en peligro de fallecer. Recordemos que no solo sembramos muerte con nuestras malas obras, egoísmo e intereses propios sino también al ser indiferentes al sufrimiento de los demás. ¡Optemos por la vida!


Dra. Fanny Cepeda Pedraza es consultora nacional en el área de catequesis y formación teológica.

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La naturaleza de la Iglesia: madre, maestra, familia – por José M. Amaya

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La Iglesia es evangelizadora por naturaleza. La Iglesia es madre, maestra y familia de familias. San Juan Pablo II insistía en que la familia es la “iglesia doméstica.” La familia es el lugar donde se aprende, se vive y se interpreta la fe (DGC 226-227; CCE 2222-2226)(Mateo 5,48; Lumen gentium 39- 42).

El Bautismo es la mejor herencia que he recibido. Mis padres me llevaron a bautizar cuando tenía dos meses de nacido. Mi papá me enseñó el Padre Nuestro. Me enseñó que Dios es amoroso y lleno de misericordia. Mi mamá me enseñó el Ave Maria. Me enseñaron a ser cristiano y a amar a la Iglesia de Cristo. ¿Quién te presentó a Dios por primera vez en tu vida?

Una de las preocupaciones de nuestro tiempo es que la mayoría de los padres de familia dejan a sus hijos en la catequesis y no asisten ni a la formación para adultos ni a misa. En el Bautismo, tanto la familia como la comunidad eclesial prometen transmitir la fe a los nuevos cristianos. La Iglesia tiene el deber de apoyar a los padres en la tarea de transmitir la fe a los hijos. De la misma manera los padres de familia tienen la responsabilidad de conocer su fe para ayudar a los hijos a entender la fe que profesan para vivirla al servicio de los demás.

Por tanto, parroquia y familia son corresponsables en mantener viva la llama de la fe en los adultos, jóvenes y niños (DNC 20). Familia y parroquia están llamadas a colaborar en la formación de todos. Mis padres fueron mis primeros catequistas con su testimonio de vida y continua oración (DNC 54C). La formación que recibí de mis catequistas en la parroquia reforzó las semillas de fe que mis padres sembraron.

¿Qué van a hacer con los dones del Espíritu Santo que van a recibir en la Confirmación?, nos preguntó Doña Emma Pasten antes de la celebración del sacramento. Esta pregunta resuena en mi corazón y en mi mente desde mi adolescencia. Si la familia es la “iglesia doméstica” donde se aprende, se vive y se interpreta la fe, la parroquia y la familia deben forjar lazos de colaboración para fomentar la fe de los adultos, jóvenes y niños en una catequesis de por vida. Así las familias, a la pregunta: ¿Quién les ha permitido sobrellevar y superar los problemas y retos en la vida familiar? podrán responder: “Dios”.


José Amaya es director de formación en la fe para la Arquidiócesis Castrense de los Estados Unidos de América.

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Un hogar para los que sufren

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por Arturo Monterrubio

Hace más de veinte años, leímos en nuestro boletín dominical un mensaje que precisamente pedía un hogar para los que sufren, un hogar para aquellos que no lo tienen. Pedía abrir nuestro hogar a niños que habían sido abandonados, con necesidades especiales, que habían sufrido de adicciones, discapacidad y que necesitaban una familia que los recibiera como uno de ellos “como uno que me pertenece” (Novo millennio ineunte 43). Al aceptar la invitación, empezó una jornada llena de emoción, gozo, esperanza y sufrimiento, que aún no ha terminado.

Al abrir las puertas de nuestro corazón y de nuestro hogar, de un día para otro, nuestra familia que constaba de tres hermosos hijos, aumentó a seis. Emprendimos esta jornada con miedo pero sobre todo con mucha esperanza. La realidad de la que venían estos tres chiquitos era tan diferente a la nuestra, con tantas necesidades y carencias, con tanto dolor y sufrimiento.

No fue una transición fácil, pero especialmente en esos primeros meses, nos conmovió el apoyo de nuestros vecinos, familiares, feligreses, amigos, y compañeros. Se unieron a nosotros al celebrar la llegada de estos tres niños a nuestra familia y en varias ocasiones nos ayudaron y prestaron un oído atento, haciendo realmente lo posible para que sintieran amados, aceptados, que no están “fuera” (Benedicto XVI, Discurso “Fiesta de los testimonios”, Milán, 2 de junio de 2012).

Pasamos por muchos momentos muy difíciles, ha habido muchas lágrimas y dolor, pero también gozo, alegría y mucho agradecimiento a Dios al ver cómo en nuestra familia crecía su amor. Dando un vistazo al pasado, agradecemos a Dios por lo mucho que nos enriqueció con esta vivencia llena de gracia en la que nos enseñó a ser compasivos, misericordiosos, pacientes, generosos y agradecidos por tantas bendiciones.

Ya sea, por adopción, enfermedad, diferencias, al abrir la puerta de nuestro hogar, de nuestro corazón a aquellos que sufren, nos enseña a sufrir con ellos y caminar junto con el resto de la comunidad cristiana el camino de Jesús hacia la cruz. Lo que nos llena de esperanza, es que no acabó todo en la cruz, sino que Jesús resucitó, así como esperamos sean los frutos de abrir nuestro hogar para los que sufren: tener una nueva vida en Jesús confiados en que “El Señor está cerca del corazón deshecho y salva a los de espíritu abatido” (Salmo 34,18).


Arturo Monterrubio es un diácono permanente de la Arquidiócesis de Galveston-Houston, es además director de la oficina arquidiocesana de la Vida Familiar y está casado por 34 años con Esperanza con quien tiene seis hijos. Ambos conducen el programa semanal “En Familia” de Radio María.

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Luz en un mundo de oscuridad – por Marta McGlade

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Un domingo, en medio de los preparativos para la catequesis, unos padres de familia se acercaron y compartieron conmigo lo difícil que era llevar a sus hijos a la catequesis. Preguntaron: “¿Cómo podemos animarlos?”.

Cuando el doctor confirmó que esperábamos nuestro primer hijo, no solamente me instruyó acerca de cómo cuidar mi cuerpo durante el embarazo comiendo sanamente y tomando vitaminas, sino que también nos dijo que estábamos aceptando la labor más difícil que existe: criar seres humanos con buenos valores, firmes en su fe y conscientes de que fueron creados para glorificar a Dios. ¡No miento al decir que sentí ansiedad de poder llevar adelante tal misión!

No somos de ninguna manera una familia perfecta ya que entre mi esposo y yo y nuestros 3 hijos hemos vivido enojos, desacuerdos, llantos, etc. Pero nunca ha dejado de existir entre nosotros la comunicación y la oración. En una sociedad que nos incita a que vivamos para darnos todo el placer que podamos y que nada es pecado si te hace sentir bien; en un mundo en que dos personas se casan con la idea de que si la unión no funciona entonces existe el divorcio; tengo completa seguridad en que las raíces de fe y buenos valores están bien sembradas en nuestros hijos. Cuando una de nuestras hijas tenía 7 años llegó a casa muy triste pues su mejor amiga le había hablado del divorcio de sus padres. Dialogamos y oramos por su amiga. Durante la cena mi hija nos presentó un documento hecho con su puño y letra para que lo firmáramos asegurándole que jamás nos íbamos a divorciar. Aun a su tierna edad ella sabía lo que era un compromiso y nuestra firma selló en su mente el amor que existía entre sus padres.

Una universidad local hizo una encuesta y encontró que el 87% de los estudiantes prefieren vivir en unión libre y no procrear hijos. Gran parte de esta generación milenaria se crió delante de un televisor, juegos de video o pasando horas en frente de una computadora y por eso tal vez desconocen la belleza de interactuar en familia. Mis hijos no son perfectos pero respetan la dignidad de otros y desean tener hijos para darles la felicidad que ellos vivieron de niños y aunque son jóvenes adultos nos piden oración cuando tienen un dilema o necesitan tomar una decisión importante. Ser una familia con Cristo en el centro crea moralidad y conciencia. Martin Luther King Jr. una vez dijo: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad: sólo la luz puede hacer eso”. Cristo es la luz que quiere brillar en nuestras familias y solamente debemos renovar nuestra alianza con Él.

Marta McGlade nació en Nueva York pero vive en el estado de Georgia con su esposo y sus hijos. Por 13 años dirigió la formación de fe para la comunidad hispana en su parroquia. Al momento se dedica a dar charlas y retiros tanto en inglés como en español.

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